I.
Conceptualización
Hacia 1930, al cabo de 50 años, la hegemonía
conservadora se vio debilitada por la inconformidad popular, arreciaron las
luchas sindicales, hubo conatos de rebelión, y finalmente la escandalosa
masacre de las bananeras precipitó el descrédito del régimen conservador. Un
sector del liberalismo acaudillado por Alfonso López Pumarejo intentó una
reforma democrática que favoreciera la industrialización, que modificara el
régimen de propiedad sobre la tierra, que modificara las relaciones entre el
Estado y la Iglesia, y que abriera el camino para la adecuación de la sociedad
colombiana a algunas de las tendencias mundiales del siglo. No era, por
supuesto, la reforma estructural que el país necesitaba, ni la vasta toma de
conciencia de la necesidad de un orden distinto, ni el gran esfuerzo por
dignificar a una sociedad malformada por la exclusión y la estratificación
social; era una reforma moderada, pero naturalmente desató una inmediata
contrarreforma, que trajo violencia antiliberal a los campos y empezó a sembrar el
germen de algunos males futuros.
El intolerante país feudal se resistía al cambio y
su reacción despertó nuevas insatisfacciones. Como respuesta a la violencia
antiliberal, el sector popular del liberalismo emprendió una defensa de los
campesinos perseguidos, que rápidamente fue configurándose como una enorme
rebelión popular bajo la orientación del caudillo Jorge Eliécer Gaitán. Gaitán
comprendió muy pronto que Colombia necesitaba con urgencia grandes reformas
sociales, y el proyecto nacional siempre postergado se convirtió en su bandera.
Pertenecía al partido liberal, pero entendió que el principal enemigo de la
sociedad colombiana era ese bipartidismo aristocrático cuyos jefes formaban en
realidad un solo partido de dos caras, hecho para saquear el país y
beneficiarse de él a espaldas de las mayorías; y en sus discursos avanzó hacia
una reformulación de la crisis política como el conflicto entre las mayorías
humildes y auténticas, y el mezquino país de los privilegios. Hablando del
"país político" y del “país nacional", destacando el modo como
los dirigentes gobernaban para una minoría, conquistó un caudal electoral
inesperado, y súbitamente la vieja clase dirigente se vio ante un fenómeno de
entusiasmo popular desconocido en Colombia.
La campaña de calumnias y difamaciones desatada por
la gran prensa no logró debilitar al movimiento gaItanista, y la vieja casta
comprendió que, como el arco del legendario rey nórdico, "Noruega se iba a
romper entre sus manos". La clase dirigente, encabezada por los jefes
políticos y por los grandes diarios sostenedores del poder, confiaba ya sólo en
la ignorancia y la indisciplina de las huestes gaitanistas, el “país de
cafres" al que siempre habían despreciado. Fue entonces cuando Gaitán
convocó a la Marcha del Silencio, para protestar por la violencia en los
campos, y una impresionante multitud gaitanista sobrecogió a Bogotá al marchar
y concentrarse de un modo disciplinado y silencioso. Aquel pueblo demostraba
que no era una hidra vociferante, que podía ser una fuerza poderosa y
tranquila, y esto exasperó a los dueños del país. A partir de ese momento
Gaitán era el jefe de la mayor fuerza popular de nuestra historia y, de acuerdo
con el orden democrático, era el seguro presidente de la república. Llegaría al
poder no sólo con un gran respaldo popular.
Sino con una enorme claridad sobre las reformas que
requeríamos y sobre el país que Colombia debía llegar a ser para impedir la
perdición de millones de seres humanos. Gaitán debió presentir que un modelo de
desarrollo deshumanizado sería capaz de sacrificar a los campesinos de
Colombia, que eran la mayoría de la población, para favorecer sin atenuantes
los designios ciegos de un capitalismo salvaje. Como alcalde de Bogotá había
fijado en los sitios públicos el valor oficial dela hora de trabajo, para dar a
los trabajadores una idea de su dignidad y de sus derechos. Como ministro de
Educación intentó abrirle paso infructuosamente a una reforma educativa radical
que respondiera a las necesidades del país que crecía.
Aún es posible oír en sus discursos su interés por
impedir que una economía de privilegios precipitara a Colombia en la
pauperización y el aplastamiento de las gentes más pobres. Sus enemigos
comprendieron entonces que la democracia llevaría a Gaitán al poder y
procedieron a ofrecerle su apoyo a cambio de que él aceptara su asesoría, es
decir, compartiera con ellos su triunfo y les permitiera escoltarlo. Gaitán se
negó, y arreciaron en su campaña difamatoria. La última ráfaga de aquella
oposición rabiosa debió armar la mano fanática o mercenaria que le dio muerte.
Y así comenzó la gigantesca contrarrevolución (o anti revolución, ya que
conjuraba algo que aún no se había cumplido) que marcó de un modo trágico el
destino de Colombia en los 50 años siguientes. Esta contrarrevolución tuvo tres etapas, cada una
de ellas peor que la anterior. La primera fue el asesinato del caudillo, que
provocó el incendio de la capital. La segunda fue la Violencia de los años
cincuenta, que despobló los campos de Colombia e hizo crecer dramáticamente las
ciudades con millones de desplazados arrojados a la miseria. La tercera fue el
pacto aristocrático del Frente Nacional, mediante el cual los instigadores de
la violencia se beneficiaron de ella y se repartieron el poder durante 20 años,
proscribiendo toda oposición, cerrando el camino de acceso a la riqueza para
las clases medias emprendedoras, y manteniendo a los pobres en condiciones de
extremo desamparo mientras acrecentaban hasta lo obsceno sus propios capitales.
william ospina